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Política ·

¿Quién decide el futuro del dinero?

Bancos centrales, big tech y protocolos abiertos se disputan la infraestructura del dinero. La sociedad necesita estar en la mesa.

Por Coletivo Esquerda Cripto · 8 min de lectura

Collage: cabeza de estatua clásica ante un triángulo rojo; manos tiran con cuerdas de un billete en blanco.
Collage: cabeza de estatua clásica ante un triángulo rojo; manos tiran con cuerdas de un billete en blanco.

Durante buena parte del siglo XX, preguntar quién controlaba el dinero parecía producir una respuesta relativamente simple. Los Estados emitían monedas; los bancos centrales administraban la política monetaria; los bancos comerciales intermediaban pagos, depósitos y crédito. Había conflictos importantes dentro de ese sistema, evidentemente, pero sus instituciones fundamentales eran reconocibles.

La digitalización volvió esa respuesta menos cómoda.

Hoy, una transferencia puede atravesar la infraestructura de un banco central, la interfaz de una institución privada, los servidores de una empresa de tecnología y sistemas automatizados capaces de ejecutar transacciones en segundos. Paralelamente, las redes públicas de blockchain introdujeron otra posibilidad: transferir activos digitales mediante protocolos que, en determinadas circunstancias, prescinden de los intermediarios financieros tradicionales.

No estamos simplemente ante nuevos medios de pago. Estamos ante una disputa sobre quién podrá establecer las reglas de la infraestructura financiera digital.

Y esa es una cuestión política.

El dinero nunca fue solo tecnología

Toda arquitectura monetaria distribuye capacidades.

Determina quién puede emitir, custodiar, transferir y bloquear recursos; quién tiene acceso al crédito; qué información se recopila; quién puede fijar tarifas; cómo se resuelven las disputas y qué instituciones responden cuando algo sale mal.

Por eso, sustituir una institución por un protocolo no elimina automáticamente las relaciones de poder.

Una blockchain puede descentralizar determinados procesos y, al mismo tiempo, producir nuevas concentraciones en otros puntos: desarrolladores, validadores, grandes poseedores de tokens, proveedores de infraestructura, emisores de stablecoins o plataformas utilizadas para acceder a los protocolos.

La propia literatura académica cuestiona la asociación automática entre blockchain y una única ideología política. Outi Korhonen y Juho Rantala sostienen que su historia reúne influencias distintas (libertarias, criptoanarquistas, cooperativistas y vinculadas a la ética hacker) y que el contenido político de una tecnología también depende de las comunidades e instituciones que la utilizan.

Por lo tanto, “descentralizado” no debería entenderse como sinónimo automático de “democrático”.

La pregunta relevante es: ¿descentralizado para quién, bajo qué reglas y con qué distribución de poder?

Tres modelos empiezan a convivir

Es posible identificar al menos tres grandes fuerzas que se disputan el futuro del dinero digital.

La primera sigue siendo el Estado, principalmente a través de los bancos centrales y de los sistemas de pagos públicos o regulados.

La segunda está constituida por las empresas privadas que controlan interfaces, plataformas y grandes bases de usuarios. La entrada de las big tech en los servicios financieros demuestra cómo una empresa que controla la comunicación, la identidad digital o el comercio electrónico puede adquirir también una enorme influencia sobre los pagos.

La tercera surgió con las redes abiertas: Bitcoin, Ethereum y otros protocolos capaces de registrar y transferir activos sin depender de la misma arquitectura institucional que utilizan los bancos.

Ninguna de estas alternativas es políticamente neutral.

Un sistema estatal puede ofrecer universalidad, estabilidad y mecanismos públicos de rendición de cuentas, pero también suscita debates legítimos sobre privacidad y concentración institucional.

Una infraestructura privada puede producir experiencias eficientes para el usuario, al mismo tiempo que concentra datos y poder económico.

Los protocolos abiertos pueden ampliar la interoperabilidad, la propiedad directa de activos y la experimentación financiera, pero enfrentan problemas de gobernanza, volatilidad, seguridad y desigualdad en la distribución del poder económico.

El futuro probablemente no pertenecerá exclusivamente a uno de estos modelos.

El debate internacional ya cambió

El propio Banco de Pagos Internacionales (BIS) pasó a tratar la tokenización como una transformación relevante de la infraestructura financiera. Su informe económico de 2025 sostiene que los activos y las formas tradicionales de dinero pueden coexistir en plataformas programables, aunque mantiene a los bancos centrales como elemento central de la arquitectura monetaria.

Es una visión diferente de la que defiende parte del universo cripto, que imagina sistemas monetarios cada vez más independientes de las instituciones estatales.

Ese desacuerdo es saludable.

El problema empezaría si una transformación de esta magnitud fuera discutida solo por bancos, empresas de tecnología, inversores y desarrolladores.

Hay una parte que no puede quedar ausente: la sociedad.

La pregunta democrática

Quien define la infraestructura define las posibilidades.

Si el dinero se vuelve programable, necesitamos discutir quién lo programa.

Si los pagos producen datos, necesitamos discutir quién puede utilizarlos.

Si los contratos pasan a ejecutarse automáticamente, necesitamos discutir cómo se pueden corregir errores e injusticias.

Si las redes financieras atraviesan fronteras, necesitamos discutir cómo preservar derechos sin destruir las características que hacen innovadoras a estas tecnologías.

Y, si determinadas infraestructuras se vuelven esenciales para la vida económica, necesitamos preguntar cuáles de ellas deben tratarse como bienes públicos o someterse a obligaciones públicas.

Estas preguntas no van contra la innovación.

Son precisamente las preguntas necesarias cuando una innovación se vuelve socialmente relevante.

El futuro del dinero no debería decidirse mediante una elección binaria entre Estado y mercado, ni entre bancos y blockchain.

La cuestión más importante es otra:

¿qué arquitectura monetaria distribuye mejor el poder, las oportunidades y la protección sin sofocar la capacidad de innovar?

Responder a eso exigirá economistas, desarrolladores y reguladores.

Pero exigirá también ciudadanos.

Porque, al final, discutir el futuro del dinero es discutir una parte del futuro de la propia democracia.

Referencias

  1. 01BANK FOR INTERNATIONAL SETTLEMENTS. The next-generation monetary and financial system. Annual Economic Report 2025. En la Biblioteca
  2. 02KORHONEN, Outi; RANTALA, Juho. Blockchain Governance Challenges: Beyond Libertarianism. AJIL Unbound, v. 115, 2021. En la Biblioteca
  3. 03MAGNUSON, William. Blockchain Democracy: Technology, Law and the Rule of the Crowd. Cambridge University Press, 2020. En la Biblioteca
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